Se pierde la lluvia en el ocaso, la lágrima en el regazo, la vista en la tiniebla. Se pierden los recuerdos dulces, las carcajadas dentro de un metrónomo, intermintentes entre recuerdos amargos y felices.
Se pierde el viento en la cañada transformando la imagen del horizonte, y del cielo aveces taciturno o estrellado.
Se perdió también el emigrante en el desierto, se secó bajo los rayos de un sol inturbable y de un aire seco que quebranta y pulveriza. Encontraron solamente aquello que a un zopilote hambriento y paciente no le hizo falta: un par de zapatos, ropa andrajosa, una lata de frijoles y un escapulario de la Virgen de Guadalupe.
Expiró el emigrante con sueños, como un pájaro apedreado, sin más cielo que conquistar que la infinita arena sin oasis de una frontera donde suelen perseguirse los sueños de infancia, él, el emigrante desolado, queda olvidado por los corazones de los que no pueden ver mirando, ni oyen escuchando el grito desesperado del hambre y sed de pasión y justicia.
Se perdió el emigrante con sus sueños... o más bien: Buscando sus sueños se perdió el desplazado, aquel
que en su tierra no encontró hogar, hoguera ni hogaza, ni mano que lo impulsara, ni cielo que lo cobijara.
Y con él se pierden también las intenciones en la rutina del día a día.
Friday, November 18, 2016
Se pierden... entre sueños y emigrantes
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