Ni toca a la puerta, entra sin permiso, en seco se apodera del asiento y mientras absorbe cada átomo de fragancia su hedor impregna cada rincón de la habitación. Decorada con cempasuchils entona su canto, baila con ritmos prehispánicos que acompaña con el claqueteo de sus huesos secos. Se rie y esboza esa indeleble y eterna sonrisa sabiendo que ha venido a ensanchar sus filas, y mientras todos se agobian en torno al enfermo, ella les da tiempo, se sacude la columna y se truena el esqueleto completo, se chupa el dedo índice, con el que llama a quien se le da la gana, sin respetar estatus social, edad, alcurnia, posesiones o salud. Ella es inesperada, sorpresiva, firme, decidida y temperamental. No tiene miramientos, a quien ella llama queda embelesado, y contagiado por ese baile taciturno, andrajoso, pegosteoso de la calaca tilica y flaca, desvencijada, la catrina Mexicana, que viene una vez en la vida, a llevarnos donde nada se palpa, donde los placeres del paladar se pierden en el viento, en la lluvia de un canto ahogado de los que se quedan para vivir con los recuerdos de los ya enfilados y que cada año, mientras uno viva, levantaremos un altar en honor de los muertos, más que nada, tratando de congraciarse con ella, con moles y romeritos, tortillas y sopes, flanes y chongos, pulque, tequilas y cervezas, ahogando las penas en cantos, invocando a "La Llorona" y a "Las Golondrinas", en un festejo que revive muertos y aligera las penas. Una tradición que empalma dos mundos.
Al nacer, solamente contamos con la certeza que un día moriremos.
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