Eran otros tiempos, (mi infancia) , cuando corría por una casa casi deshabitada, enorme, con pasillos largos, oscuros, con puertas que ayudaban a cortar las corrientes de aire. En esos tiempos donde las costumbres eran una serie de reglas que no se cuestionaban y por ende se cumplían al pie de la letra, entre esas reglas destacaba que en la Noche Buena se hacía vigilia, no se comía carne, se comía pescado o frutos del mar. Así que para celebrar la Noche Buena mis abuelitos compraban langostas. Yo nunca fui con ellos a comprar langosta, ni pescado, ni percebes. No experimenté recorrer esos pasillos largos y congestionados, por donde circulan estibadores empujando su diablito y se escucha constantemente el coloquial grito: "¡Aguas! ¡El golpe avisa!" Y hay que quitarse y esquivar el charco de agua putrefacta que salpica porque pasó el diablito a toda velocidad y la rueda cayó en un bache. No supe, ni sabré tampoco lo que es: "Regatearle a la marchanta mientras cuida uno el bolso, el mandado y a la güerita que me sostiene la mano y quiere curiosear y no quiero que se me pierda", asi ivan mis abuelitos a comprar langosta a la central de abastos. Compraban langostas vivas, y yo, el único pasillo que recorría era el de la casa de la calle de Darwin, corría desde el portón metálico verde, subía los peldaños de dos en dos, atravesaba la puerta de fierro forjado y vidrio esmerilado pasaba por el recibidor, la sala, el cuarto de tele, abría otra puerta de madera con su perilla metálica, redonda, pulida y fría, rozaba la maceta de "Zenaida", veía de reojo el cuarto de la plancha, abría la puerta para pasar al desayunador y abría por fin la puerta del patio, todo para llegar a ver a las langostas que nadaban en una tina de vino blanco, vivas, haciendose amigas. A mi abuelita le causaba malestar, pensar en las langostas muriendo hervidas en agua, asi que las emborrachaban hasta la muerte, y el cocinarlas resultaba ser una esquisitez para el paladar. Por que éstas en estado de ebriedad, habrían recordado a sus ancestros, a sus amigos: el pulpo y su tinta, los camarones y los cocktailes, habrían recordado a la langosta azul como el ancestro más querido, al tiburón blanco y sus aletas, y habrían muerto brindado con sus antenas empuñadas hacia arriba, felices y contentas dejando que su carne fuera blanda para plasmar en nuestra memoria el recuerdo de un suculento manjar.
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