Friday, July 29, 2016

Playas Virgenes

Esas divinas playas vírgenes que se han tornado escasas, a las que llega uno através de un caminito recortado entre la selva, salpicadas de aves tan coloridas que se confunden con flores exóticas. Esas hermosas playas vírgenes, donde no hay regadera para quitar el agua salada y la arena pegada en las piernas se queda adherida. Esas playas secretas, alejadas del bullicio humano, a las que arribabamos cargados de toallas, protector, camisetas, sombreros, fruta, tortas y agua. A esas majestuosas playas, que tuve el gusto de conocer antes que un político abusado les viera potencial para convertirlas en Ixtapa Zihuatanejo, les sobraba verde y azul y estaban constantemente bañadas por rayos de sol taciturnos, eternos y placenteros. Mi madre amarraba una sábana enorme a varias ramas de árbol, para crear una sombra que nos amparaba de la quemazón. En esas aguas del Pacifico Mexicano, dignas para capotear olas, ver tortugas nadando, y ser testigo de la curiosidad de los pececillos y su capacidad de chismorreo. Porque esos diminutos pececillos, se acercan a las piernas, husmean los bellos o los poros, retroceden, se aglomeran, se topan uno frente al otro, reconsideran y en grupo se vuelven a acercar a la misma pierna y continúan este divertido ritual hasta que la corriente del mar se los lleva o decide uno cambiar de actividad. Ahí tambien se hacen castillos y escribe uno su nombre en la arena. Jugabamos a "Robinson Crusoe". Nunca nos queríamos ir. Nunca fue suficiente. Y 40 años después todavía escucho al viento meneando palmeras, la ola rompiendo en la arena, las burbujas de aire reventando cuando se alejaba el agua, escucho los gritos de mi madre recordándome que estabamos en el Pacifico, que es muy profundo, que no me alejara tanto. Siento en mis mejillas la vitacilina para curarme de la ardida de mejillas que me quedaba como recuerdo de días sin fin. Y recuerdo la sensación de sentarme en una jerga que mi madre compraba para no "pegarnos al asiento". Y lo más importante, es que nos llevaron mis padres a conocer muchos lugares de un México fabuloso, seguro, sencillo y escondido. Un México de cuento, desconocido para muchos. Cuando me preguntan si conozco Ixtapa Zihuatanejo, no sé que responder, lo conocí tan vírgen que era majetuoso, esplendoroso, único, coloquíal. Lo conocí tan al natural que puedo con orgullo decir que no lo conozco.

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