Para mi fue detener el mundo. Fue dejar de respirar y no sentir mis propios latidos. Sonreir mientras lloraba. Cargar esa alma envuelta de piel nueva y pastosa, mirar esos ojos que se dibujaban entre azul de mar y luz de estrella, luchando por abrirse, tocar esa nariz redonda que sobresalía como una canica de mármol, y sentir entre el índice y el pulgar esa pelusa rizada aplastadita contra el craneo. Los cinco dedos de cada mano se estiraban mientras yo, consciente ya de mi respiración, absorbía el olor a vida, a nuevo, a milagro. Se resbalaron mis lágrimas por los dobleces de la piel de su cuello, y fue entonces que un relámpago rapaz me iluminó la memoria y me vi entre tus brazos, envuelta en una manta blanca en el infinito reflejo de tus ojos amorosos. Comprendí ese deseo inexplicable que nace un día porque sí y se convierte en carne y en amor interminable. Cada cumpleaños ha sido un trofeo en cuanto a logros, desempeño, triunfos, avances y nuevas perspectivas, conquistas y metas, que a fin de cuentas se vuelven las más importante en la vida de quien nos trae al mundo.
Hoy mi carta es para tí, que me trajiste a la vida, por darme herramientas para combatir la desmedida curiosidad con la que nací. Mientras luchabas contra demonios e incertidumbres, dudas e injusticias y construías el día a día, acoplaste y embelleciste un rincón del mundo al que llamamos hogar, para que mis hermanos y yo durmieramos en paz, comieramos verduras y galletas, corrieramos descalzos y aveces desnudos, antes de zambullirnos en una tina de agua tibia. Te escribo en el silencio de la noche, cuando sólo alcanzo a escuchar el silbido de sus respiros (mis hijos), y entiendo el gozo que te inundaba a tí en noches de insomnio saber que tu familia dormía allí protegida por tí.
Te abrazo en la distancia para agradecerte tus esfuerzos, tus silencios, tus pláticas y el tesoro de valores que me has regalado solamente porque soy tu hija, así sin más.
Te escribo para darte las gracias por impulsarme a corregir mis errores, (no sólo los ortográficos) y aprovecho para disculparme por los años de adolescencia (inevitables como el hambre), en que no supe entender (tarde) que duele soltar la mano del niño que se transforma, y lucha por cambiar.
Gracias te doy, por el abaníco de experiencias, la alegría de las fiestas, el sabor de los viajes, el manjar de bromas, el color de las enseñanzas y la infinita escala de valores transmitidos entre tazas de café, persecución de actividades, rompecabezas terminados, motores arreglados, galletas adornadas y mañanas dominicales sin prisas escuchando desde marchas y zarzuelas hasta Leonardo Favio y Sara Montiel.
Al volvernos padres comprendemos la bendita fortuna que representa haber tenido una madre y un padre que lucharon por su familia, siendo sin duda alguna, para uno, la mancuerna perfecta.
Tuesday, July 26, 2016
El dia fuera del tiempo... carta a mis padres
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