Wednesday, July 27, 2016

El cielo y el mar

Son un matrimonio indisoluble, siempre unidos en un espectáculo. No hay uno sin el otro ya que uno es reflejo del otro y el segundo reacción del primero. Un cielo infinito, un mar inagotable, se alcanzan y se tocan, mirándose las entrañas, traspasando la superficie, respetando su compleja esencia. Un mar navegable, un cielo transitable, siendo la mayor hermosura la danza que nos regalan. Nos postramos ante el mar, enloquecemos con el cielo. Los dos con su propio sonido forman una orquesta armoniosa interminable. Inspiran. Satisfacen. Fortalecen. Enfurecidos atemorizan aún a las estrellas que se ocultan en el alba. Se contagian sus humores. Jamás veremos un cielo alborotado y un mar de espejo, dos almas que se compenetran, se excitan mutuamente, se acompañan, y nos estremecen.
     Una suave brisa, o un ventarrón arrebatado, un cielo azul infinito y un mar azul cargado de plata y oro, de luna y de sol, de llanto y quebranto, atardeceres que se roban el cobre y todos los colores, las miradas y todos los suspiros.
     Un mar que existe, y que es casi infinito, pero cuantificable, un cielo que es sublime espejismo, envolvente e infinito.
    Una unión visible y desconocida, misteriosa y acojedora y a la vez completamente indescifrable.
El cielo y el mar... son como el alma atada al cuerpo, las ganas que se contraponen al deber, la tentación que pica a la voluntad, y como el desafío y la obstinación que se encuentran, afortunadamente, tomados con fuerza mano a mano.

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