México es un país de riquezas, de luces, colores y sabores, mezclados con un toque de alegría, toneladas de vitamina t: tepache, tortillas, tamales, tequila, tortas, tinga, tacos de olla, de chorizo, champiñones, rajas... y un bombardeo de atrocidades: ineptos buscando saciar sus bolsillos con la riqueza del pueblo hambriento y silencioso que aveces parece carcomido por la apatía y la convicción que nada se puede hacer. Se me van las ganas de hablar y recordar a ese México que enamora a nativos y extranjeros; pero me encontré una foto del mercado 'Ignacio Ramirez' en San Miguel Allende, y me dejé llevar por la emoción, me olvidé de sus verdugos.
Mercadito mío, tan fresco y tan limpio, ordenado y colosal. Los puestos de verduras, frutas, flores, carnes, pollos, dulces y aguas frescas de todos los sabores. Si camino por tus calles encuentro lo que busco, desde el hilo verde limón, el gancho para tejer, el foco, el tornillo, la máscara de gasparín y la de las tortugas ninja, las sandalias de hule, y hasta zapatos para deporte, sin olvidar lápices, aretes y bolsos. Lo inimaginable e inasequible, sedería, ferretería, tortillería y no falta el puesto de tacos, para llevar y para el aguante. Salsas a pasto para enchilarse hasta el tímpano. Hierbas para sazonar y otro tanto para las límpias, purgas de amor y plegarías para lo imposible, ojos de venado para evitar el mal de ojo, la cruz de San Judas y doscientos San Antonios, listos para encontrarle pareja a ansiosas solteronas para dejar de estar de cabeza. Caminando en el mercado todas somos marchantas y güeritas por obligación. Toda la fruta tiene calidad de exportación y si nos ganan la emoción y el antojo, salimos con dos bolsas de mercado atiborradas de frescura, el ramo de flores en el brazo, y sonrisa de satisfacción.
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