Sunday, June 7, 2020

30 de Mayo de 1885

Henri Signoret, mi bisabuelo materno, nació en Riez, Francia, en 1885, durante la Tercera República en los tiempos aquellos en que el mismo tiempo soplaba como una suave brisa sin cambiar la rutina de las estaciones, los dias eran pintados con la misma calma. Nació en la Francia que describió Victor Hugo, el realismo de una Francia rural que respiraba lavanda, cultivaba uvas, eleboraba su propio pan y comía quesos que si se agusanaban no importaba. La Francia de la paleta de colores de Claude Monet, Marcel Duchamp, Henri Matisse, Paul Gauguin y Paul Cezanne: Colores que se mezclan en perfecta armonía, que se impregnan al compas del viento y que huelen a paisajes perfectos, delicados y armoniosos. Esa es la Francia que heredé, porque conocí sus rincones antes de haberla pisado. Ahi creció Henri y de allí salió para México en 1902. Llegó al México del Porfiriato, donde eran típicos los alcatraces que Diego Rivera todavía no plasmaba en ningún lienzo, y los nativos andaban vestidos de blanco, con huaraches burdos, las calles eran un sueño de verduras, flores y marchantas persignadas. Un México plasmado en la memoria gracias a José María Velasco, sus obras de arte son ventanas al paisaje Mexicano más hermoso jamás habido. ¿Y cómo no iba a enamorarse de esa tierra bendita que acuna y arropa, que tiene mas colores que un atardecer? Se abrío brecha desde Veracruz hasta Torreón, vendiendo ropa, zapatos y neumáticos, haciendo suyos el zapote negro para pintarse bigotes, abejas morelenses para hacer miel,  pulque, tortillas, mole y arroz para celebrar un año más de vida cada 365 dias. Cuando su Patria lo requirió se embarcó para defenderla durante la primera Guerra Mundial. Una trinchera se colapsó, atrapándolo bajo tierra durante tres dias y sus noches en las que conoció la soledad absoluta de la mano de Dios, una contradicción llena de amor. Cuando se recuperó supo que sus padres habían muerto de tristeza y a pesar de todo se aferró a la sonrisa y a un cariño que mostraba y que le abrió el corazón de mucha gente. Volvió a México, donde lo esperaban su esposa y su hija, y entonces tomando sus manos se embarcó en la aventura de ser él mismo por el resto de su vida. Un hombre todo corazón que disfrutaba del amanecer, de la cacería, del cine y del mercado, con tanto ahínco que dejaba huella. Y vaya que la dejó, porque yo, que no lo conocí en persona he disfrutado de las historías que contaba mi madre, que le gritaba a Manolete "bruto bruto" cuando lo corneó el toro, cada vez que llevaba a sus nietos al cine, que le platicaba a las abejas, que su loro lo llamaba papi, que a sus 4 hijas les enseño a cazar, a limpiar al animal, a manejar, a usar el fusil y la escopeta, a reirse enamoradas de la vida, a cocinar manjares, a disfrutar la vida con el corazón y los brazos abiertos de par en par. 
     Mi madre tiene una foto de ella con su abuelo, que yo la quiero conservar, la mirada es mágica, dos seres que se entendieron mas allá de la edad, un cariño como pocos. Y eso es lo que me queda a mí. La posibilidad de relacionarse con la tercera edad, de aprender de ellos, a ser, a amar, a reir. Ver la vida a través del amor, de una sonrisa y del deseo de estar con alguien y poder disfrutarlo a pesar de las circunstancias.
... continuará

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