Gabina ayudaba con las labores del hogar y también ponía esos granitos de arena que no se ven, pero lo de ella fueron terroncitos de azúcar. Hay ángeles que se encargan de decorar el día a día con un: " Mi chiquita hermosa, como estás? Que se te antoja de comer, quieres más cachup? (Con complicida) Que Dios te guarde!" Palabras que llenan y reconfortan. Aveces Gabina nos supervisaba mientras comiamos porque nos tardabamos horas, para distraernos y que comieramos nos platicaba de sus hijos. Cuando estabamos de vacaciones no faltaba la broma de desconectar la aspiradora, "ay niñas latosas", suspiraba y sonreía. Siempre lucía impecable, con un gesto amable, dulce y elegante. La acompañaba por tortillas agarrada de su mano, y me daba una tortilla que envolvía con tantita sal, agilidad y perfección sin igual.
A Gabina se le murió un hijo, una tarde le llamaron a casa, en soledad y agonía sin mencionar ni una sola palabra terminó sus labores y al terminar se fue a buscarlo a la clínica a donde ya no llegó a verlo con vida. Eso la marcó como un hierro ardiendo. Perder un hijo es como morirse a diario. Es perderse uno mismo queriendo flotar para los demás y seguir viva para criar a los demás hijos. Se acostumbra uno a vivir con el dolor clavado.
Gabina fue un ángel en mi infancia, y un dulce recuerdo cada día que la pienso. Una mujer hermosa, con un corazón que llenaba de amor su entorno. Dios manda a estas almas dulces para aportar bondad a el mundo, que tanta falta nos hace. Que Dios la cuide y la guarde. Que mis pensamientos, cuando la recuerdo siempre me hacen sonreir.
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