Tuesday, April 12, 2016

Iguazú

El río conserva su fuerza inquebrantable, el ruido poderoso que deja sordo al visitante. La humedad que habita en el aire lleva impregna cielos remotos y tiempos lejanos, donde hubo dinosaurios, fieras salvajes, plantas carnivoras que conservaban el entorno mejor que la actual especie humana. Evolucionaron la tierra, los mares y las culturas. Llegó ese hombre que se sentía parte del medio, y vivío esta tierra sin miedo. Se asentó entre las ramas, se perdió entre sapos y monos, convirtiéndose en ruido de selva, flemático, enigmático, audaz, inverosímil, volviendo a ésta selva hermosa y única. Hasta la época de las conquistas. Cuando se rompieron los tímpanos, con el ruido ahogado de cañonazos, ese terrible deseo de posesión, que todo destruye, acaba, mata y hace sucumbir. El desorbitado e inexcusable deseo de tener: tierras, oro, leguas, servicio, rango. El inmenso antojo que nos despoja de nuestra realidad como almas de paso, por este paraje llamado madre tierra, a la que no cuidamos y de la que todo tomamos.
      Han de morir inocentes, almas de paz, en Iguazú, en Uganda,  en Nepal, Mayanmar, en tantos sitios, desprotegidos como la selva que ha enfurecido al igual que los que se sublevan con el llanto sordo y ahogado, del que nada tiene, y nada quiere, más que el pedazo de tierra en el que se siente en equilibrio y armonía con el Universo que habita y al que sabe que pertenece.

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