Friday, June 5, 2015

El olor de la experiencia...

      Esa casa en Coyoacan, que visitaba yo con mi abuelita, cada sábado por muchos años,  acogen en ellas a personas de la llamada "tercera edad", que deambulan solas en la vida, y en algún momento ponen su vida en manos de alguien más. Pagando por ese servicio cuando tienen un dinerito o esperando las migajas que quieran darles quienes los atienden. Lejos del caos citadino, esas almas esperan en silencio el pasar de las horas, se traspasa ese tictac monótono y empalagoso entre sus oídos, entre sus poros, entre sus ojos. Esperan el desayuno, la hora del baño, a la chica que trapea, al que riega las flores de las jardineras para pedirle que les hable a las plantas, que ellas entienden, ellos les devolveran una sonrisita burlona aveces y amigable otras; están pendientes de la hora en la que llega la hija de la señora del tres y casualmente se sientan en la mecedora deseando que el saludo se extienda hasta sus puertas. Eperan en silencio cada actividad que ocurre, que vengan a recojerlos y llevarlos a la hora del domino, la clase de yoga, o la platica sobre el paleolítico o las pinturas sobre Joaquín Sorolla, pero que no les hablen de la guerra, de ninguna; sabrán cuando les toca regresar a sus habitaciones, quién reparte el pan recién horneado y quien traerá el almuerzo. Algunos esperan una visita que no se presenta este sabado ni el siguiente, si acaso les den una llamadita.
     Tantos años acumulados... tantas historias que guardan para contarnos. Se necesitan 3 gramitos de entereza, pero al entrar ahí, el paisaje cambia, se aspira un aire que no se siente en ningún otro lado, se huele la experiencia y se saborean los años. Al entrar a la sala de lectura habrá cientos de ojitos taciturnos que nos siguen, con la ceja levantada, deseando causar curiosidad para que nos dirijamos a ellos. Con preguntar por la salud, por el sabor del almuerzo, tendremos plática infinita, con historias inverosímiles sobre el desembarco, la revolución, sobre Pedro Infante y las 22 novias que ahí se alojan aún, o sobre la mano de Alvaro Obregon, o más simpático aún: el chisme de la alta alcurnia, sobre aquella recién casada que la regresaron a casa de sus padres por no saber cocinar, allá por 1940 ( sin saber que yo sabía la contraparte, el novio se las daba de muy perfecto pero solamente había construido un puente en su vida, el cúal que se había desplomado, aún así tuvo la osadía de devolverla para que la "entrenaran"). lo que podrían contar las hermanitas Limantur sería poco.
     Hace falta escuchar a los viejos porque tienen la vida en sus recuerdos, y la experiencia no solo en sus manos, tambien en sus ojos con los que han visto cada matiz de la historia. Seguramente se equivocaron y habrán cometido errores como cualquiera de nosotros, pero se encuentran solitarios,  esperan sentados que lleguen por ellos y en el inter están dispuestos a dar y a recibir un cálido apretón de manos un suave abrazo o a contar cualquier cosita que les haga la espera dos minutos más amena...
     Saben que se pronto se irán, y esperan con impaciente paciencia que llegue su ocaso y poder compartir sus poquitos granitos de experiencia.

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