Tuesday, June 9, 2015

El jardin de mi Hada

La casa blanca tenía grandes ventanales. Una linda terraza, y la sombra de seis altos Mameyes. El jardin albergaba aguacateros, limoneros y poinsettias por doquier, que floreaban a cada instante, un cafetal que siendo amante del limónero produjo unas lindas semillas de color cafe y acido sabor. Muy cerca del muro estaba mi columpio, mi abuelo me lo hizo, y lo use horas enteras, tardes completas, desde ahi no solo miraba a la casa banca, tambien la escuchaba porque ella me contaba sinfin de secretos.  Al fondo del jardin habia una pequeña puertecilla escondida entre arañas, hiedra enredada y seca, grillos que con su monotono cantar aturdieron a las lagartijas. Ella, mi hada, me hizo prometerle que no volvería a pedirle que me llevará atraves de esa puerta mistica, que lo haría una sola vez porque ella se agotaba al entrar ahí y al salir sus fuerzas quedaban extintas, y que no debía soltarle la mano. Accedi sin mas. Al abrir esa puerta oxidada, el verde inmediatamente cambio de tono, el cielo se perdió en la densa capa de vegetación que los años habían creado. El apancle curioso y mistico había echo de ese jardín su cauce ramificado, abrazando en su andar los bloques de tierra  convirtiendolos en  islotes. En los diferentes islotes había  Mamey, Manilkara Zapota, Carica Papaya y en otro había Musa acuminata (banano), las papayas maduras caian solitas al suelo cuya vegetación extendida se encargaba de amortiguar su caida. En el islote del fondo y el más grande se ergía una cabaña, un cuartito demasiado pequeño con un lavadero oxidado, algo que parecía una sala de estar atiborrada de cajas  que zumbaban y una terraza que albergaba dos sillones de mimbre y una mesita. Ellos nos invitaron a sentarnos sobre el polvo acumulado, y ella y yo sin soltarnos de las manos, aceptamos la invitación. Ella empezo a hablar y yo a extasiarme ante tanta actividad y belleza porque no solo la escuchaba.. sus palabras se hicieron tangibles para mi, y empece a verlo todo.  Su madre cosechaba los mameyes y chicozapotes  maduros colocandolos en una canasta de mimbre acompañada de una de sus hermanas, ambas sonreian. Su hermanita recogia la papaya, causaba cierta hilaridad porque la papaya era tan grande como ella. La mayor de las hermanas, buscaba peces en el apancle. Mi hada de pronto se materializo en su niñez y la vi acompañando a su padre, un hombre de grandes manos, impregnado de sonrisas, de nombre Don Amable, los dos usaban su sombrero de alas y velo que les cubria algo mas que los hombros, su camisa de manga larga atada por medio de cintas a unos guantes. En perfecta armonía trabajaban, sin decirse nada, pues habia que cantarle a las abejitas. Las atolondraba con el humeador, mientras ella con un levantacuadros quitaba el propóleos  acumulado en las esquinas, y asi él levantaba libre el cuadro. Los panales los colocaba al lado del fregadero. Tomaba tiempo pero delicadamente separaba la cera de la miel y la pasaba por unos filtros especiales. La miel la guardaban en frascos y con la cera tapaba esos frascos. Para que la miel no se empolvara y los recuerdos quedasen ahi mismo transparentes como el cariño...alcance a escuchar a Bat, el perro, que ya estaba ansioso con la espera. Habiendo terminada la labor apiculturista, salió Don Amable del cuarto ya sin sombrero, me hizo un cariño en la cabeza, nos miramos por un instante a los ojos,  cruzó el apancle y llamo a sus chicas. Cruzaron los islotes y el apancle en repetidas ocasiones hasta haberlos perdido de vista y escuche la puerta cerrarse. Seguía yo sonriendo ante tanta belleza y armonía familiar, y mi hada, en el sillón, casi desfallecida. Tardó unos minutos en recuperarse, y cuando lo hizo no habia frutos, solo arboles enredados, entremezclados, hierba seca y el cauce de un apancle por el que no ha pasado agua hace tiempo. Cajas vacias y un sonido seco. Nos dirijimos hacia la puerta, cerre y mi hada no miro hacía atrás. Entendí mas adelante la falta que le hacían sus hermanas y sus padres, a quienes llamo incesantemente antes de morir. Entendi que la familia es un nucleo indestructible en el que hay que poner algarabía, paciencia, cariño y tantas sonrisas como abejas en un panal. Entendi que al haberme llevado a su jardin, me heredo un recuerdo vivido en sus gestos y de su viva voz. Un recuerdo que me penetro el alma, me la impregno y aqui se quedo. El recuerdo y todo lo que en él pudiera caber. Una herencia que no tiene precio.

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