Cada mañana, despierta sin deseo alguno de abrir los ojos, confunde dónde se guardan los sueños y cúal es la interminable realidad que la atormenta, cuando se decide a abrirlos es para constatar que su mundo perfecto queda atrapado en sus sueños, como cada día le sucede y que su realidad de vida la aleja destructivamente de su fantasía idealizada. Difícil de comprender, no hay ajuste, no hay remedio. Se esfuerza, se agarra las rodillas, las aprieta contra su cuerpo, trata de colapsar sus pulmones, sacar el aire, exprime sus ojos, escurren lágrimas, en un vago esfuerzo por sacar esos sentimientos y respira soltándose toda, aventándose hacia atrás, en la cama que la quiere atrapar, ella se expande, mira el infinito techo blanco para tratar de renovarse, está dispuesta a poner todo de su parte, como ningún otro día. Está segura que hoy si lo va a lograr. Hace un conteo de sus motivos, tiene suficientes: los niños, el marido paciente, la casa pagada, el jardín, las flores, la ayuda, sonríe, se frota las manos y avanza. Llega a la cocina, prende la tetera, abre el lavavajillas, es como un robot, el silencio en casa es sepulcral y así lo prefiere. Prepara almuerzos, huevos en la olla, pan al horno, leche tibia lista. Se mueve con la agilidad de una gazela pero se siente torpe como un rinoceronte, su vientre sigue expandiéndose como la última vez, no tiene naúseas, ni antojos, su único deseo es vivir en sus sueños. Su primera lágrima seduce y desencadena una secuencia de pensamientos que se eternizan. No sabe en que momento pudo desear compartir su vida, no entiende que la sedujo? No siente ni las fuerzas, ni la entrega necesarias para dar lo mejor de si, ni para que todo funcione, ni para hacerlos crecer, al que está pululando ya, al que va al kinder y al que crece en su vientre; para ninguno de los tres. No sabe nada, ni siente, se empieza a ahogar. Ya no ve, las lágrimas le nublan la vista y el pensamiento, se desmorona su fuerza de voluntad, las ganas que le iva a echar al día se convierten en un cristalino filamento que revienta en millones de astillas perdidas por la inmensidad de su depresión. Desmedida presión sobre sus hombros. Un cuadro que no encaja, como querer usar un clavo en vez de un alfiler. Quiere desintegrarse, desaparecer, o mejor aún volverse nada, ser imperceptible. Un grito la regresa a la realidad, se enjuga las lágrimas, se le enjuta el corazón. Los dos están ya sentaditos mirándola. Les sonrie, respira, les da la espalda e hiperventila. Abre el refri y se inventa una conversación sin pies ni cabeza. Ellos se la comen por los ojos, la adoran, ella lo sabe y siente no merecer ese amor fresco, legítimo, desinteresado. Ese nudo, se lo quiere arrancar sin más, pero una succión le roba los pensamientos, la aniquila como un alambre de púas enredado en el corazón, se asfixia con lodo, se le pegan los pies al piso, como si trajera pegotinas. El reloj marca el tiempo, pero ella no percibe el tictac, sólo escucha de-sin-te-gra-te-de-sin-te-gra-te-de-sin-te-gra-te, una orden irrefutable, una solución, una escapatoría, un nuevo amanecer, un sueño más allá de los sentidos, un deseo en carne viva. ¿Habrá un mañana sin lágrimas? ¿Habrá una tierra que sea firme y que no se la trague? Pero su tiempo lo marca todo lo que no entendemos, ni sentimos, ni vivimos, ni percibimos.
Algunos se escapan a otro plano astral, otros llegan a escabullirse y encajar en otro espacio, lejos, buscando su ser. Nuestra sociedad les pone etiquetas muy duras. La depresión es una enfermedad mental que no se ve pero pinta el universo de gris profundo, y no respeta edad, género, posición, estado civil, profesión ni cultura. La depresión es destructiva.
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