Me acuerdo madre, de ese viaje que se dibuja de recuerdos y paisajes atesorados. Esos acantilados que se tocaban con la punta de la nariz para que pudieramos respirar el aire que corre entre Francia e Inglaterra cargado de arena y frio, nubarrones y tormentas y soñar con cruzar ese canal helado con brazadas infinitas y un cansancio que debe ser inexistente. Me acuerdo que me llevaste a conocer dónde nacen y se levantan los Alpes, en Grenoble, Francia y me impactaron las paredes montañosas que muestran desdeñosas las capas del tiempo, del viento, de los movimientos telúricos, las inundaciones, los cimientos de una tierra que parece inamovible y sin embargo se transforma cada segundo y es otra cada nuevo amanecer. Me llevaron los dos, a Praia, en la provincia de Galicia, España y alcanzabamos a ver Punta de Cabeldo, Portugal y senti la furia del aire que arrastra al rio Minho hasta tirarlo en el Atlantico. Y nos metimos en los Alpes, por y entre sus túneles, y se abrieron mis ojos ante un paisaje indescriptible, dónde Suiza es la Jungfrau, Interlaken y Zermat y los Alpes son esos silencios y secretos que crecen en los glaciares, en los caminos y se imprimen en los edelwiess. Siempre me gustaron esas fronteras físicas, tangibles, opuestas, contradictorias, amarteladas, unidas, únicas. Me siento tan cerca de ellas como si tapara el sol con un dedo y tan lejos como un sueño que llega a perderse en el tiempo.
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