No hubo mas azúl que el de aquel cielo que nos cubría como un manto los días enteros, ni más verde que los árboles gigantes que subimos a escondidas y sin permiso cargados de astucia infantíl, como verde tapizamos la terraza de hojas de helechos; no hubo más rojo que la sangre de las descalabradas, desdientadas, y rodillazos. El amarillo más intenso fue con el que teñimos el sol, las flores y todos los cascarones de los huevos que pintabamos para las Pascuas de Resurección, y amarillo también fue el tesoro que escondiamos y subiamos repetidamente a la casa de Tarzán.
Nos pintamos de anaranjado hasta la saciedad con tejocotes y nísperos: la boca, la lengua, las manos, las orejas. Nos regocijamos decorándonos con el índigo de las buganvilias, mientras nos reíamos e inventavamos tipis , incendios, escondites. Armados de cucharas, nos robamos el blanco del azúcar y lo mezclamos con el verde de los limones para hacer un jarabe sublime e inmortal. Nadamos en una alberca de violetas para convertirla en el Mar de Cortés, cuna de sirenas, cueva de piratas, escondite de asesinos y castillos submarinos de doncellas coquetas. Cada página de ese cuento, tiene todos los matíces del arcoiris, revueltos, mezclados y organizados. Al pasar las hojas me recreo en las imágenes del jardín infinito floreado de Tabachines y Jacarandas, los rosales que nacían y envolvían la piscina, el pino que era la Torre de Babel de los tiempos modernos, la terraza que contemplando el inmenso jardín se quería fundir en él, el pasillo oscuro e infinito poco transitado con el oso a la entrada mostrándonos sus faúces, el pensador de Rodin, siempre como un vampiro, escondido de la luz, a los pocos metros aquel imponente Quijote de madera, lanza en mano, peleando con el dragón que salía de la tierra aterrorizándo las veladas de lluvia (mejor ni acercarse). Nos esperaba la casa de Tarzán y San Antonio cargado de caramelos al fondo del jardín. Y al recordar, también me embriagan los sabores y los olores como el de las teleras y los bisquets recien horneados, los frijoles con epazote, las tortillas de maíz, la salsita borracha, el chocolate caliente, el jugo de naranja, la canela y la vainilla, la mantequilla y el azúcar tostada. Las sillas de mimbre, los columpios y el rechinar de los mosquiteros que se abrían y cerraban con un azotón para dejarnos pasar se hacen tan presentes como ese par de loros que le chiflaban a cualquier par de piernas que veían pasar...y un día esos niños se tumban al sol, se desvelan por las noches, duermen hasta tarde, comen sin medida, sus sombras los buscan sin encontrarlos, en los cuerpos de adolecentes que se siguen permutando... y se pierden esos recuerdos, se difulminan en el tiempo. No sé cuando fué que dimos la vuelta a la última página, pero se terminó el papel, ya no se puede regresar, más que para mancharse de recuerdos que llegan salpicando y salpicados de color, embriagándonos con gritos, me dejan taciturna, melancólica, pensativa, nostálgica. Se me fué... como a todos se nos va. Llamemos a ese tiempo: la infancia, adolescencia, recuerdos... ¡no sé! Llamémosle: ¡ VIDA! porque más que nada, lo que se va es el momento. Cuando se tiene en las manos hay que llenarlo, antes de dejarlo pasar, para más tarde poder revivirlo.
Los recuerdos bien vividos alimentan el alma mas que platillos bien servidos.
Wednesday, February 24, 2016
Un arcoiris llamado recuerdo
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