MartinaTlacateca, nació en el estado de Puebla, en una ranchería que no conocía más agua que la que llegaba a estancarse con la escasa lluvia. Eterna falta de ríos o lagunas y mucho menos agua entubada. Un pueblo que se quedo perdido en el tiempo, al que barrió la revolución y del que ningún politico supo jamás de su ingrata existencia. Ahí vivia en plena opulencia, la maldita miseria, confundida entre brechas de polvo, vacas huesudas y ubres secas, gallinas cluecas y niños arropados en polvo, madres que buscan un mendrugo de pan hasta debajo de las piedras y al no encontrarlo alimentan a sus hijos con caldo de frijol, un par de gusanos frescos o la suerte de encontrar un nido de chumiles debajo de una piedra para acompañar una tortilla siempre caliente. Martina creció aporreada por su padre que bebía Caguamas para matar el tiempo.
Tenía la mirada ensombrecida, la nariz chata, el pelo negro como el onix, el corte de Tizoc y la piel morena como el cacao. Se fue a la capital a los 12 años buscando trabajo y lo encontró.
Callada como el silencio de los muertos y sonreia para si cuando sopeaba su bizcocho en la leche tibia. Masticaba con la boca abierta, se limpiaba con el brazo, pero nunca manchó su uniforme. Hacía cuanto menester le encargaban, cuando se retiraba a su habitación, veía la tele, lo mismo apagada que encendida, le absorvia la mirada pero nunca el alma; a esa la tenia amarrada con arneses a la imaginación.
Un día Martina vino de paseo con nosotros. Había una piscina y los ojos de Martina se escaparon al agua, se sentó en una banca a contemplar estática por horas, esa inmensa masa de agua contenida en un prisma rectangular rodeado de verde césped durante horas. Esa tarde Martina nos hizo una pregunta: Cuanto tiempo les había tomado para poder guardar tanta agua?
Cualquiera respondería un par de dias, pero para ella esa respuesta carecía de sentido. Ella que no había visto más agua que la que contiene una jícara, se maravillaba de cuanto recurso había en la capital, y aún asi "no se hallo"... "se volvió" al pueblo, a las calles polvosas, a la ordeña de vacas secas, a perseguir gallinas cluecas y juntar chumiles y grillos. Regreso al canto del viento que la arrullo desde niña, a los brazos curtidos de su madre que la esperaban ansiosos y a hacerle compañia a la soledad. Volvió donde la despertaban los gallos y no los camiones, el aire era limpio y no había indices IMECA. Regreso asustada y sin querer saber nada del progreso, prefirió quedarse con sus conocimientos básicos sobre como usar la ruda para el dolor de cabeza y la manzanilla para el malestar estomacal, los ajos para los piquetes de alacrán, y vivió para perderse mirando las estrellas y no una pantalla, siguió caminando descalza con los pies en la tierra y sin mas moda que un colorido lazo en la cabeza.
Wednesday, August 26, 2015
Martina
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