Sunday, November 18, 2018

Helechos

Eran todos verdes y frondosos, esos hermosos helechos que bordeaban la terraza de aquella casa que de cierta forma fue parte de mi infancia. Marcaba la frontera entre el principio del jardín, guiando hasta la terraza, la cual tenia una vista magistral sobre el interminable jardín que era algo parecido a un sueño mandado a hacer. Había pinos gigantes, tabachines frondosos, rosales de cuento, una piscina azul, cristalina y pura y un jardín verde inquebrantable. Quizás los helechos sentían la competencia, y se esforzaban por mostrarse exuberantes. Pero más que un deleite a la vista, se convertían, en una tentación para mis sentidos. Sentirlos con la punta de los dedos se volvía una obsesión, analizar sus esporas geométricamente alineadas, una similitud de perfección matemática, para de pronto en un instante sublime, en una bocanada de locura, desproveer al helecho de todas las hojas de todas sus ramas y aventarlas por los aires mientras bailábamos mi hermana y yo dando vueltas hasta el mareo en un paisaje verde, mágico, instantáneo, divertido, coloquial y sublime. Y cuando agasajadas, mirábamos sorprendidas la alfombra verde que habíamos creado por inconscientes, entonces nos petrificabamos, asustadas y divertidas por un segundo y al siguiente salíamos corriendo, enmudecidas, como alma que lleva el diablo, a jugar a las desentendidas antes de escuchar desde algún rincón la voz mortificada de mi tía en plena congoja: "Niñas: Quien acribillo mis helechos?"

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