Detrás de la puerta se quedó con todo ese silencio, con todas esas tristezas, las angustias, las perdidas, y con los ojos cerrados empezó a hablar. Fue desnudando su alma, despojandola de los disfraces para vestir las pena de alegría, de benevolencia la tolerancia. Y en ese silencio que ocupaba, sintió que no necesitaba nada, porque tenía todo, le había sido dado todo, y hasta la gracia para saberlo. Eran esas ganas de querer crecer adentro, de compartir el momento, de saborear el encuentro. Eran ganas lo que tenía y le hablaba al eco y le cantaba al silencio. Para arrullar para mecer, para acunar, para ser algo mas grande de lo que hasta ayer habia sido. Detrás de las puertas era el mundo que solo conocía ella, impenetrable e inalcanzable, intimo.
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