El recorrido de regreso a casa fue ahogado y silencioso. El diagnostico no encontraba definición en la historia, en sus ideas, en su conocimiento. Al llegar a casa urgó cuanto pudo, en el diccionario, en lo que existía en aquel entonces en la red. Todo era negativo, negro, escabroso. No había cura, ni futuro, ni esperanza. Le llamó al pediatra, que tuvo la amabilidad de devolverle la llamada en cuestion de minutos y le dió una cátedra al respecto durante dos horas, desde el punto de vista médico, desde el punto de vista religioso, con una voz de ser humano, esa que se extiende y acaricia el hombro, enjuga lágrimas y acompaña en la congoja. Al terminar la llamada, se abrazó a la almohada y dejo correr todas las lágrimas del mundo. Había una solución más alla del aborto, o del término inducido de un embarazo malogrado, como le llamo alguien. Esa solución incluía subirse en la balsa de la necedad y navegar cada minuto del resto del embarazo, en contra de la corriente, ya que todas las personas, conocidas o cercanas se encargarían cada día en llamarle para recordarle su imprudencia y su falta de valor para dejar todo en manos de la ciencia. Una vida adentro llamaba y esa vida adentro crecía, se acunaba con la única esperanza de poder mirarla y quizás expirar en sus brazos. El tiempo tan sabio como la bipartición culminó su obra y permitió el milagro, un día, mucho tiempo antes de lo pensado, se abrió el útero y se escurrió el cuerpecito frágil, ella lo sostuvo en sus manos, lo beso, lo lloró, lo olió, grabó en su mente la imagen de esos ojitos desdibujados y pegándose a su corazón el frágil suspiro de vida, agradeció a Dios ese momento único para el que ambas habían vivido, y así acunada y acunándola se quedaron suspirando hasta que se desprendió la bendición de vida. Recibió la muerte con amor, con compostura, con cordura, sin temor, sin miedo; porque había recibido la vida con una sonrisa.
Thursday, August 3, 2017
Una cubetada de agua fría (parte dos)
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment