Abrió sus puertas en 1912, recién iniciada la Revolución y subsistió. Seguirá erguido, porque comenzó con el pie derecho, librando tiroteos, atesorando anécdotas del tiempo e historias y vidas de sus comensales, turistas, curiosos, asiduos clientes y figuras importantes que marcan incansables la pauta de su historia, la historia de la calle de Tacuba y del centro historico de la Ciudad de México
El piso desigual, se ha asentado al mismo ritmo de la Gran Tenochtitlan, y sobre sus azulejos se deslizan las sillas en un vaivén que hace sonreir al paso del tiempo(y a mi). Lo que ha vivido y lo que quiere contar, esta plasmado en sus paredes, en sus manteles, en las sillas, los platillos, las bebidas, los sopes, los tacos, los antojitos, los buñuelos, el café de olla, las aguas que son siempre las mismas pero tan únicas y singulares, como la horchata y la jamaica, autóctonas y frescas.
Mientras toca la estudiantina, recita el tiempo sin freno, contemplo la nostalgia que baila y el aire suspendido en el recuerdo.
Ese es el retrato del México más pintoresco, más añorado, más sublime y delicado. Es una imagen que recorre los corazones y recibe a cada hambriento y curioso con una palmada benevolente y calmada.
El café de Tacuba es digno representante del México de mis amores.
Sunday, August 20, 2017
Cafe de Tacuba
Thursday, August 3, 2017
Una cubetada de agua fría (parte dos)
El recorrido de regreso a casa fue ahogado y silencioso. El diagnostico no encontraba definición en la historia, en sus ideas, en su conocimiento. Al llegar a casa urgó cuanto pudo, en el diccionario, en lo que existía en aquel entonces en la red. Todo era negativo, negro, escabroso. No había cura, ni futuro, ni esperanza. Le llamó al pediatra, que tuvo la amabilidad de devolverle la llamada en cuestion de minutos y le dió una cátedra al respecto durante dos horas, desde el punto de vista médico, desde el punto de vista religioso, con una voz de ser humano, esa que se extiende y acaricia el hombro, enjuga lágrimas y acompaña en la congoja. Al terminar la llamada, se abrazó a la almohada y dejo correr todas las lágrimas del mundo. Había una solución más alla del aborto, o del término inducido de un embarazo malogrado, como le llamo alguien. Esa solución incluía subirse en la balsa de la necedad y navegar cada minuto del resto del embarazo, en contra de la corriente, ya que todas las personas, conocidas o cercanas se encargarían cada día en llamarle para recordarle su imprudencia y su falta de valor para dejar todo en manos de la ciencia. Una vida adentro llamaba y esa vida adentro crecía, se acunaba con la única esperanza de poder mirarla y quizás expirar en sus brazos. El tiempo tan sabio como la bipartición culminó su obra y permitió el milagro, un día, mucho tiempo antes de lo pensado, se abrió el útero y se escurrió el cuerpecito frágil, ella lo sostuvo en sus manos, lo beso, lo lloró, lo olió, grabó en su mente la imagen de esos ojitos desdibujados y pegándose a su corazón el frágil suspiro de vida, agradeció a Dios ese momento único para el que ambas habían vivido, y así acunada y acunándola se quedaron suspirando hasta que se desprendió la bendición de vida. Recibió la muerte con amor, con compostura, con cordura, sin temor, sin miedo; porque había recibido la vida con una sonrisa.