Saturday, January 23, 2016

Ni tan Solita.... estaba con ella... se quedo con ellos.

Aquella mañana la despacharon del hospital, con su bultito en brazos envuelto en su manta azul. El no se presento a acompañarla cuando tuvo sus dolores entrada la noche, en la sala del departamento, ni entrada la madrugada cuando las contracciones le espabilaron el sueño para siempre y se fue en taxi al hospital dejando a su niña de ojos azules y piel translucida a cargo de la vecina. Se fue sola con su nudo en la garganta. Tampoco estaba él cuando ella abrió la puerta del departamento. Llegó la vecina, le ofreció algunos víveres, le dejó a la niña y salió de nuevo prometiendo ayudarla en lo que necesitara, como lo hacen las comadres del alma aunque no sean más que vecinas. Llegada la noche ella escuchó el cerrojo chillar, él entró con los ojos inflados, se sentó frente a ella y le dijo: "Esta vida no es para mi". Y así sin más, se levantó, abrió la puerta, cruzó el portal y salió sin mirar atrás para nunca más volver.
     Así que con su niña de ojos azules y piel translucida, y su bultito hermoso envuelto en su manta azul, conto sus billetes, leyó y releyó el prestamo bancario. Contó suficientes billetes para vivir 45 días sin problema, pero antes de terminar la cuarentena tendría que encontrar un trabajo. Miró en el espejo sus lágrimas, las dejó escurrir y notó como ivan borrándole el miedo, contó sus bendiciones, estiró sus manos, sus dedos, se apreto los ojos como para sacar la última de sus tristezas dejando esa noche y todas las que siguieron su angustia en manos de Dios.
     A los 30 días, bien vendada del abdomen, con un traje sastre se fue a recorrer oficinas dejando a sus niños con la vecina-comadre. Buscando encontró,  aferrada a la idea de luchar por sus hijos, sacarlos adelante y hacerlos humanos de bien, vivió día tras día sin reconsiderar jamás su vida al lado de quien decidió salir. Bien que se fué, dejó dos tesoros que ahora le pertenecían solo a ella, su fuerza, su razón de ser, sus risas y sus desvelos, pero nunca sus lágrimas. Si, se fué, sin saber que dejaba a una mujer, lastimada pero entera, desconcertada pero determinada, desilusionada pero tenaz, transformada en un roble, en un volcán. Así vivieron, así crecieron, la niña de ojos azules y piel translucida y el niño que dejó de lado su manta azul. Mujer que educa hijos y los transforma en seres humanos, que ahora son madre y padre, respectivamente, dedicados y responsables. Al fin y al cabo esa es la fuerza de una madre. Una entrega sin límites, sin cuentas, una darse total e incondicionalmente. Cuando una mujer conoce su fuerza nunca esta sola.

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