Olguita compartió la mesa de todas las Navidades que tuve en mi infancia, las noche-viejas que disfrutamos en la calle de General León, Teca y hasta en Sierra Leona, la mesa de todos los martes, o casi todos, hasta que un día se apago como las velas, y se fue con sus ojos azul transparente, pero sin su dolor de espalda a dónde la esperaba su mamá. Olguita Zamoyska Kruchenska, nació en Polonia, hija de Varón, políglota por obligación, delgada por convicción, culta por devoción, amable de nacimiento, católica hasta la médula y con un corazón cargado de sufrimiento que combatía de vez en cuando bailando y jugando a la calavera mientras mi papá la sostenía del cuello de la camisa, un acto que arrancaba risas. Solía torcer su cuello a la derecha mientras le hablaban y más de una vez nos asustó por ello, su pasado siempre en su mente, fue nerviosa, nerviosisima.
Salieron de Polonia por casualidad, o milagro, por equivocación o remordimiento de los nazis que las evacuaron del castillo y las subieron a un tren. Escondió sus joyas, cargo sus vestidos que abandonó en la colina donde los apearon. Caminaron días, hasta alojarse en una granja y de ahí lograron llegar a España clandestinamente. En España consiguieron pasajes para México, dónde fué maestra de inglés por años, en el Instituto Cumbres y en el Colegio Franco Inglés. No tuvo hijos, pero adoptó a mis papas como a sus sobrinos. Bebía el café bullendo, con suficiente azúcar para endulzar el pasado, tanta azúcar que siempre sobrepasaba el punto de saturación como por tres cucharadas, no bastaba.
Una luchadora, una resiliente, cargó con sus penas pero se acopló: al mundo que cambió después de la guerra y sus despojos, al país que la acogió con sus diferencias y sus distancias con su Polonia del alma. Vivió con Dominique, su perra french poodle y con su hermana Wanda, la cúal quedó recostada en su cama a la espera de mejores días, que ciertamente no llegarían. Olga, Olguita, te recuerdo, asi: flaca, delgada, con tus ojos azul transparente, tejiendo puntos finísimos en chambritas diminutas, bebiendo el café hirviendo, y siempre enamorada de Julio Iglesias.
Eres en mi recuerdo las notas de la música de un tiempo lejano, te recuerdo entre los colores del arcoiris que fueron adquiriendo todos los matices del gris que podían existir. Y entre la guerra, el holocausto, el miedo y la búsqueda de un lugar seguro bordaste tu historía en una manta, sola con tus lágrimas en un silencio en el que siempre alabaste a Dios.
Monday, December 21, 2015
Olguita
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