Durante los dias gloriosos en que el sol brilla sobre la infancia, desconocemos la existencia del mal, de lo desagradable y lo dañino. La importancia de hacer las cosas a todo pulmón está implícito.
Cuando aún no cursaba primero de primaria conocí gracias a mi papa "la herramienta" ,a mi parecer, la más divertida de todas: 'El desarmador'. Me he aventurado en quitar y poner, apretar y soltar tornillos para abrir y cerrar cajas musicales, visagras, radios de transistores, videocaseteras, juguetes, escritorios, guanteras y aún lo indesarmable.
Un día concluí que los descubrimientos tienen sus pormenores, encontré al desarmador llamándome a gritos, lo levanté del piso, llevada por una fuerza más poderosa que mis cinco sentidos, me dirigí a una lámpara, tome la clavija entre mis manos y la desarmé, metí los dos cables pelados en el tomacorrientes con el índice entre las puntas. Me quede adherida por una fuerza exponencial que además de incrustarme al techo, me iluminó la boca, los ojos y las orejas superando al mismisimo tío Lucas (Locos Adams). Cuando pude sortear la descarga reacomodé mis extremidades calcinadas y mis ideas que deambulaban por el limbo, desarmé la preciosa lámpara con forma de calabaza, pelé de nuevo los remanentes del cable, y al querer destapar la toma de corriente de la pared para observar que sucedía detrás, se materializó mi madre, y en un dos por tres desapareció sin explicación algúna, con más habilidad que David Coperfield, al deseado desarmador.
A los doce años me gané en las "girl scouts" el derecho a portar una navaja Suiza, escogí la que viene integrada con desarmador, la llevaba siempre en el bolsillo de la falda o del pantalón lista para socorrer mis voraces ideas. Saturada por la picosa obsesión del tornillo que gira armé una de mis tantas bicicletas. Antes de obtener pérmiso de conducir sabía cambiar las bandas del automovil Topaz, habilidad necesaria ya que solían reventarse un día lluvioso y otro soleado, las cambiaba con maestría, sin dejar tornillos huérfanos, ayudada siempre del magnífico desarmador. Aprendí a usar con igual destreza el taladro, instalando taquetes y tornillos por doquier. Entre estos "apretares y aflojares" al andar por la casa deambulando con mi mueca de descubrimiento, le ocasionaba a mis padres ataques de nerviosismo.
Un día curioseando descubrí la guitarra, me apasionó y me cautivó, me aprendí cuanta partitura quise, de memoria y de oído, con un método eféctivo para sortear los ejercicios de digitación y no tener que memorizar las notas en el brazo de la misma. Necedad de adolescente. Ésta obligación musical se hizo escurridiza ante mis artimañas de evasión... Practiqué sin remilgos y llena de ilusión un par de horas, todas las madrugadas sin excepción por más de un lustro. Invadían e inundaban mi alcoba La Malagueña de Ernesto Lecuona, Amor Brujo de Manuel de Falla, y Recuerdos de la Alhambra de Francisco Tárrega. La guitarra me ayudó a entonar mi voz y a mantener mi mente alejada de la obsesión por el desarmador. Nos hicimos inseparables. Algunos domingos se tornan en "Domingos Bohemios", y mis mañanas de soledad es inevitable que saque la guitarra de su estuche. Bendito descanso para mis papas, y ahora para mi marido el que haya yo sustituido el desarmador por la guitarra. El no haber aprendido a digitar las notas en el brazo de la guitarra leyendo la partitura original, fue un error de juventud. Las circunstancias dejan de ser óptimas para aprender a estas alturas. Mi abuelito me repetía muy a menudo: " Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait" ( si juventud supiera lo que la vejez no permite). Lucho por transmitirle este mensaje a mis hijos: "Aprovechar lo que se tiene al máximo, cuando se tiene. La vida se va de prisa y HAY que llenarla y absorber de ella todo. Cada día HAY que exprimirlo, aprender cosas nuevas, y vivir las experiencias con alegría y entusiasmo. Despertarse con ganas de seguir creciendo para seguir viviendo.
"HAY QUE"... es una devoción por la vida. (Cuando no se hace presente, una descarga eléctrica en el dedo índice es mágica! )
Mariejeanne Carro
P.S. La navaja Suiza me acompaña en mi bolso a donde quiera que vaya, el desarmador está en mi cajón del baño, pero mis ideas ahora suelen ser más sensatas, aunque a veces salpicadas de un poquíto de sarcasmo.
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