"Normal" son todos los recuerdos propios, lo que la memoria alcanza a rozar con la yema de la nostalgia, lo que brota en la mente cuando respiramos aromas que indiscutiblemente formaron parte de la infancia, de ese rinconcito sagrado, lleno de magia y color. Todo eso es normal. Como normal debe ser, para algunos, sentarse a la mesa en familia, y para otros romper el silencio con un televisor. Las tardes en las que el tiempo se escurre con la lentitud de un reloj de arena, y los años los tornan divinamente normales. Benditos recuerdos que pintan la memoria, se saborean en silencio. Normal, le llamamos quizás, era ver a mamá preparando una infusión de manzanilla con miel si nos dolía el estómago, que nos dejasen saltar en los charcos de lluvia una tarde de verano para reir hasta el cansancio o aplastar hojas secas en el otoño, sin saber que para otro niño, hubiese sido normal que lo aporrearan. Normal debe ser comer dulce de zapote negro y pintarse bigotes, ahogarse de risa, comer "chongos Zamoranos" y rechinar los dientes, leer un cuento bajo las sabanas, lavar los platos haciendo espuma, estar de ocioso aspirando inmovil, ofrecer ayuda sin pensar, vivir con miedo, hablar a tientas, carecer de opciones, recibir un beso en la frente. La vida desde todos sus ángulos.
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