Friday, June 30, 2017

Mi gruta de Altamira

Era nuestra, de todos, y me gustaba estar ahí. Me gustaba lo que hacíamos y como nos turnabamos para realizar las actividades. Desde que sentía la humedad del rocío de la mañana, me desenrroscaba de mi ensimismamiento y con un ojo contemplaba a la tribu y sus ruidos. Pero siempre despertaba yo antes que el alba. Salía a respirar aire nuevo y fresco y espantaba la neblina con un cántico que llegaba al mar y despertaba a todos. Una tribu que no me amamantó, pero me hizo suya, a mí, que llegué ofuscada por la pérdida y por ese baile atroz de la tierra que me estremeció hasta los tímpanos, hace cientos de lunas ya, llegué desorientada y cuando me vieron, me observaron, me olieron y despúes de un consejo decidieron guardarme, enseñarme y aprender de mi lo que pudiera enseñarles. Me dieron un lugar en la tribu todos los que ya se fueron a bailar con las estrellas. Yo aprendí todo lo que se aprende en el silencio y con los ojos cerrados. Aprendí a bendecir las flechas, a limpiar la carne y a lidíar con ese búffalo con el que bailamos todos cuando nos visita y aveces logramos vencerlo. Aprendimos a cuidar el fuego y a alimentarlo para que nunca se apagara y no se expandiera. Conozco todas las yerbas, con las que me ayudo a curarlos, con tés, menjurjes y  conjuros, gracias a esa luna que me resguarda y me guiña el ojo en noches claras. Yo, que nací sin deseo de estar con hombre alguno más que de pertenecer al ocaso y al alba de manera permanente. Aquí no nací, llegué con mis pelos de sol y mi piel de nieve, perdida, asustada y sin ningún rumbo, aquí he de morir con mis pelos de reflejo. Mezclé flores, sangre, tierra y lágrimas de enebro y laurel para que decorásemos las paredes de nuestra cueva. Dejamos en nuestros murales, las manos de cada jefe que nos guió y defendió, dejamos nuestras impresiones del mundo que nos rodea, luna tras luna, sabiendo que nuestro equilibrio oscila entre el miedo de un ataque sorpresivo de otra tribu o de un animal y de la tranquilidad que se vive por pertenecer a esta tierra que es blanda y húmeda y nuestra cuna. Aquí, desde la cueva de Altamira, nuestro hogar hoy, patrimonio de la humanidad eternamente.
Inspirado en : "El clan del oso cavernario" por Jean. M Auel.  
Impresiones de MarieJeanne Carro

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