Que gris es la tristeza que se me pega al alma con aires de nostalgia y ese deseo inmundo de frenar lo que inminentemente va a terminar.
Que gris es esta tristeza que se adhiere a mi alma como miel a la cuchara y me inunda los ojos de lágrimas suaves y tibias, aferrándome a ese divino tesoro de mi memoria que se llama infancia. Dónde mis padres y mis abuelos eran eternos como el sol y protectores como el cielo. Y ahora que alcanzo sus edades, la de aquellos tiempos y escucho las voces que un día fueron ajenas, y ahora se vuelven mias, veo en el espejo la imagen de mi madre, y me sorprendo viendome a mi misma, así debe haber sido siempre, pero yo no lo sabía, porque a mi madre la conocí de adulta y yo de niña era una imagen de lo que ella fue dibujando en su tiempo y en la memoria de a quienes les robo el corazón. Ya me lo decía Santa Feliciana de Cacalomacan, cuando me enseño a coser botones y a planchar servilletas en tardes donde el aire no se movia y el ruido existía solamente para fotografiarse en mis recuerdos y permutarse en mi tiempo. Serán mios, mis recuerdos, dulces y bellos, amargos y cristalinos, algunos filosos y seductores, pero son míos, para revivirlos, exprimirlos, llamarlos y que me acompañen a seguir siendo yo.
Que gris es la tristeza que adorno cada mañana con los colores que me regala el sol, bañándola de alegría y mojándola con lluvia de canto. Gris es mi silencio que bordo con la música suave de tu voz, que mientras exístan todas estas bendiciones, teñiré cada mañana.
Monday, December 12, 2016
Del gris a todos los colores
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