Abué, ayer cuando me llamaron, se me partió el corazón, y ya sabía que esto pasaría algún día, pero ese día, uno no lo tiene agendado. Ayer lloré y lloré, y mientras trataba de poner orden en mis cosas y en mi mente para salir de casa para reunirme con todos y despedirte por última vez, mi corazón, que no dejaba de llorar, me recordó aquel listón rosado de amor incondicional que me habías dado, ¿te acuerdas? Cuando nací me fuiste a ver al hospital, me cargaste en tus brazos amorosos y me pusiste ese listoncisto rosado que se quedó en la chambrita que tu misma me tejiste. Lo fuí a sacar y al abrir el baúl de la infancia, salieron uno a uno los recuerdos, inundaron el cuarto, y entre más recordaba más crecía ese listón, que a modo de venda me fue envolviendo mi corazón partido. Recordé tu risa y tu mirada traviesa, tus brinquitos y tu alegría inmensa, tu mirada y la ternura con la que me sobabas los pies, como te reías con mis locuras y me dejabas inventar en la cocina, nos perdiamos en la enciclopedia infinidad de tardes sin mayor afán que leer cosas insólitas. Gracias por todos esos tesoros que me diste sin saber que hoy me salvarían del dolor de perderte de este plano, al recordarte siempre sabré que vives en mi corazón, porque de echo corres en mis venas.
Hoy, a mis casi cincuenta años, cierro ese cajóncito llamado infancia, donde tú fuiste fundamental y te atesoro para toda la eternidad. AMEN
Las abuelas son de la vida el eslabón más dulce de la infancia!